Una mirada a la empatía desde la Terapia Gestalt

Existe una tradición dominante en el pensamiento del siglo XX que ha privilegiado, por un lado, los enfoques histórico-culturales en la historia del arte y, por otro, una comprensión eminentemente cognitiva desde la filosofía. Como consecuencia, las dimensiones emocionales y corporales de la experiencia han quedado, en gran medida, relegadas a un segundo plano. Sin embargo, en las últimas décadas se observa un renovado interés por recuperar estos aspectos, reconociendo su papel fundamental en la forma en que los seres humanos perciben y se relacionan con el mundo.

Empatía, cuerpo y neuronas espejo

En este contexto, resulta interesante abordar la empatía como una dimensión central de la experiencia humana, especialmente en su vertiente más encarnada. Lejos de ser únicamente un proceso mental, la empatía implica también al cuerpo y a su capacidad de responder de manera inmediata al entorno. Para comprender esta dimensión, es necesario atender a algunos de sus fundamentos neurocientíficos, entre los cuales destaca el descubrimiento del sistema de neuronas espejo, que ha abierto nuevas vías para comprender los mecanismos implicados en la percepción y la relación con los otros.

El descubrimiento de las neuronas espejo ha supuesto un cambio significativo en la comprensión de cómo percibimos el entorno, cómo nos relacionamos y, especialmente, una comprensión de la empatía interpersonal. La evidencia sugiere que nuestra relación con los otros no es únicamente de carácter cognitivo o interpretativo, sino que implica un nivel de implicación corporal continua: estamos, de algún modo, permanentemente “afectados” por aquello que percibimos.

La simulación encarnada y la percepción del otro

En este proceso, las acciones, emociones y sensaciones de los demás son internalizadas mediante lo que puede denominarse una percepción encarnada del otro. Este mecanismo, descrito como simulación encarnada, permite que la observación de una acción o emoción active en el observador representaciones internas basadas en estados corporales equivalentes, como si estuviera participando en esa misma experiencia. A nivel neurofisiológico, esto se sustenta en la activación de sistemas neuronales compartidos, incluyendo el sistema de neuronas espejo, que se activan tanto durante la ejecución como durante la observación de dichas acciones o estados.

Este fenómeno no se limita exclusivamente a la observación de otros seres humanos en interacción directa, sino que también se activa ante estímulos estáticos como pinturas, imágenes fotográficas, esculturas o diversas formas de representación estética de la experiencia. La investigación en neurociencia ha mostrado que incluso en ausencia de movimiento real, la percepción de formas, gestos o huellas de una acción puede inducir procesos de simulación motora y afectiva en el observador. En este sentido, ya a finales del siglo XIX y comienzos del XX, autores como Bernard Berenson y Theodor Lipps habían señalado que determinadas configuraciones formales en las obras artísticas eran capaces de suscitar respuestas corporales en quien las contemplaba.

Berenson, a través de su noción de “valores táctiles”, sugería que la pintura podía intensificar la sensación de volumen y movimiento en el cuerpo del espectador, mientras que Lipps desarrolló el
concepto de Einfühlung para describir un proceso de implicación corporal mediante el cual el observador “se introduce” en la forma percibida. Estas intuiciones encuentran hoy un correlato empírico en la teoría de la simulación encarnada, que permite comprender cómo las propiedades formales de una obra pueden activar tanto respuestas motoras como emocionales, ampliando así la experiencia estética más allá de la mera percepción visual.

Empatía y Terapia Gestalt

Desde esta perspectiva, la experiencia estética puede entenderse no solo como un proceso de percepción, sino como un fenómeno relacional en el que el observador participa activamente a través de su propio cuerpo. Este planteamiento abre un puente particularmente sugerente con enfoques fenomenológicos y, de manera específica, con la Terapia Gestalt. Si la percepción del otro, o de una obra de arte, supone un grado de implicación corporal y afectiva, el acto de percibir deja de ser un proceso pasivo para convertirse en una forma de contacto.

En este sentido, la noción gestáltica de contacto adquiere una nueva dimensión: no se trataría únicamente de una interacción consciente entre organismo y entorno, sino también de un proceso en el que el cuerpo del observador se ve continuamente modulado por aquello que percibe. La simulación encarnada podría entenderse, así como una de las bases que hacen posible este contacto, en la medida en que permite que el organismo “se encuentre” con el entorno no solo a nivel cognitivo, sino también sensoriomotor y emocional.

La empatía gestáltica y la frontera de contacto

De este modo, lo que en el marco neurocientífico se describe como activación de representaciones corporales compartidas, puede leerse desde la Terapia Gestalt como una forma de resonancia en la frontera de contacto, donde el organismo y el entorno no están completamente separados, sino que se cocrean en la experiencia presente. Esto sugiere que la comprensión del otro, y, en un sentido más amplio, la experiencia estética, no emerge primariamente de la interpretación, sino del modo en que el organismo se implica y se ajusta en relación con aquello que aparece.

Desde este marco, la empatía puede ser reformulada no como un proceso exclusivamente cognitivo basado en la inferencia o la interpretación del estado interno del otro, sino como una forma de comprensión directa sustentada en la implicación corporal. La simulación encarnada sugiere que, en la medida en que percibimos las acciones, emociones y sensaciones de los demás, se activan en nosotros estados corporales equivalentes que posibilitan una forma de acceso inmediato a su experiencia. La empatía, en este sentido, no consistiría tanto en “ponerse en el lugar del otro” a través de un esfuerzo mental, sino en un proceso más primario en el que el organismo ya está, de algún modo, en relación con el otro a través de esta resonancia compartida. Esta concepción desplaza la empatía del ámbito de la interpretación al de la experiencia vivida, situándola en un nivel pre-reflexivo que posteriormente puede ser reconocido y elaborado.

Desde la perspectiva de la Terapia Gestalt, este nivel pre-reflexivo de la experiencia adquiere un lugar en el que no se trata únicamente de aquello que puede ser nombrado, sino de un conjunto de procesos que acontecen antes de que la experiencia se organice en forma de un significado explícito, de una figura visible. Sensaciones difusas, micro movimientos, cualidades o impulsos que componen un fondo que, aunque todavía no ha sido simbolizado, ya está presente en el campo en el que tiene lugar la experiencia.

En este sentido, la empatía gestáltica puede entenderse como la capacidad de estar en contacto con ese nivel de la experiencia, con un campo que denominamos fenoménico. La resonancia corporal descrita por los mecanismos de simulación se convierte en la base de una posibilidad: algo que, al ser sostenido y no actuado, puede comenzar a transformarse y tomar forma. Es precisamente en este punto, en el paso de lo implícito a lo emergente, donde la práctica gestáltica sitúa uno de sus ejes fundamentales.

Aquello que todavía no tiene nombre, pero que de algún modo está intentando existir, se manifiesta inicialmente en el cuerpo y en la relación. No aparece como un contenido claro, sino como una cualidad de la experiencia. La empatía, desde esta perspectiva, implica una disposición a permanecer en contacto con lo que aún “no existe”, sin apresurarse a cambiarlo mediante interpretaciones prematuras. Supone sostener la incertidumbre e incluso la incomodidad para que lo que aún no existe, pueda desplegarse y existir.

De este modo, el terapeuta no se limita a comprender al otro desde formulaciones previas y etiquetas, sino que acompaña un proceso en el que la experiencia se va configurando en el aquí y ahora. La empatía no es entonces una técnica ni una habilidad de aplicación terapéutica, sino una forma de presencia que permite que lo implícito encuentre las condiciones para hacerse figura. En este proceso, el darse cuenta no se impone desde fuera, sino que emerge como resultado de un contacto suficientemente sostenido con aquello que, hasta ese momento, permanecía en lo no consciente.

 

Conclusiones

A lo largo de este recorrido, hemos podido mostrar la empatía desde una doble mirada: por un lado, como un fenómeno con base corporal y pre-reflexiva, sustentado en mecanismos de simulación encarnada. Y por otro, como una experiencia relacional que, desde la Terapia Gestalt, se despliega en el contacto. Con ello se cuestiona una concepción reducida de la empatía como un proceso meramente cognitivo, situándola más bien como una forma de comprensión vivida, que acontece antes de ser pensada.

Desde esta mirada, no solo comprendemos al otro: nos vemos implicados en su experiencia de un modo que atraviesa el cuerpo. La posibilidad de reconocerla, sostenerla y diferenciarse dentro de ella es lo que transforma la resonancia en empatía gestáltica.

La aportación de la Terapia Gestalt resulta especialmente relevante. La empatía no se orienta a interpretar o dirigir la experiencia del otro, sino a favorecer un espacio de contacto en el que lo que está ocurriendo, aunque sea difícil de nombrar, pueda desplegarse. Esto implica una forma de presencia que no se apoya en la intervención inmediata, sino en la capacidad de permanecer con la experiencia tal como se da.

De este modo, la empatía se vincula con una actitud de apertura hacia lo que emerge, donde la comprensión no precede al contacto, sino que surge de él. En lugar de apresurar respuestas, el trabajo terapéutico se sitúa en acompañar el proceso mediante el cual la experiencia va tomando forma. En este acompañamiento, el cuerpo deja de ser un mero soporte para convertirse en un lugar de conocimiento.

Así, la empatía, entendida desde la Terapia Gestalt, no es una técnica ni una habilidad que se aplica, sino una cualidad del encuentro. Una forma de estar con el otro que reconoce la complejidad de la experiencia humana y que confía en su capacidad de autorregulación cuando se acompaña de la presencia de otro.

 

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