
En los distintos enfoques humanistas, y también en sus derivaciones contemporáneas, encontramos marcos conceptuales diversos. Cada autor ha tratado de nombrar qué facilita el cambio, qué alivia el sufrimiento, qué hace posible que una persona se transforme. Sin embargo, más allá de las diferencias, hay algo que parece sostener de forma transversal la posibilidad de transformación: la presencia y el amor. No como ideas abstractas ni como valores decorativos, sino como condiciones reales del encuentro.
La presencia terapéutica no es sinónima solo de calidez o de una actitud amable, y tampoco es una técnica. Es, más bien, una forma de estar presente y sostener lo que ocurre sin apresurarse a intervenir y a corregir mediante una interpretación previa. Supone una disponibilidad que no coloniza la experiencia del otro, pero tampoco es retirase: es una atención encarnada que permite que lo que está sucediendo tenga espacio para desplegarse. En este sentido, la presencia terapéutica no transforma por lo que hace, sino por lo que permite: cuando hay presencia, la experiencia puede aparecer sin tener que adaptarse inmediatamente a una expectativa o a un diagnóstico, y en ese espacio algo comienza a organizarse de otra manera, no porque alguien lo dirija, sino porque se le ha permitido existir.
Por otro lado, hablar de amor en contextos terapéuticos puede resultar incómodo, ya que a menudo se asocia con algo blando o idealizado. Sin embargo, el amor al que aquí nos referimos no tiene que ver con afecto superficial ni con una emoción positiva constante, sino con la capacidad de no excluir. Amar, en este sentido, es poder permanecer en relación con aquello que resulta difícil: lo doloroso o lo que incomoda, lo que no encaja. Es una disposición a no expulsar partes de la experiencia, ni propia ni ajena.
Esto no implica estar de acuerdo con todo ni evitar el conflicto, al contrario, implica poder atravesarlo sin romper el vínculo, sin convertir la diferencia en distancia, sin transformar lo incómodo en algo que debe desaparecer. El amor, así entendido, no elimina el sufrimiento, pero evita que el sufrimiento tenga que defenderse para existir, y cuando deja de defenderse, puede transformarse.
Si la presencia abre el espacio y el amor permite que lo que emerge no sea rechazado, entonces el vínculo deja de ser un lugar de intervención para convertirse en un campo de experiencia, dónde lo que está fragmentado puede comenzar a integrarse, donde lo evitado puede emerger y donde lo rígido puede flexibilizarse. La transformación no ocurre porque alguien haga algo sobre otro, sino cuando las condiciones permiten que la experiencia sea vivida con suficiente contacto y sostén. Sin presencia no hay contacto real, sin contacto no hay experiencia transformadora y sin amor el contacto se vuelve técnico e incluso invasivo.
Este enfoque de la Terapia Gestalt se distancia claramente de cualquier forma de positivismo simplificador. La transformación no siempre se siente bien: a veces implica atravesar momentos de dolor y confusión, y en ocasiones supone ver con más claridad aquello que antes estaba oculto, lo cual no necesariamente alivia de inmediato. Por eso, ni la presencia ni el amor están al servicio de que la persona “esté mejor” en un sentido rápido o superficial, sino de que pueda estar más verdaderamente en lo que es, y es en esa verdad cuando puede ser sostenida en la relación, donde algo cambia.
Quizá uno de los desafíos actuales dentro de las corrientes humanistas es recordar que ningún modelo y ningún terapeuta agotan lo esencial del proceso terapéutico. Cuando la forma se vuelve más importante que el fondo aparece la rigidez, y con ella la necesidad de defender posiciones, marcar diferencias o establecer jerarquías. Sin embargo, si miramos más profundamente, encontramos que aquello que realmente posibilita la transformación no pertenece a ninguna escuela en particular. La presencia y el amor no son patrimonio de un enfoque: son condiciones humanas del encuentro. Y quizá, en un momento donde proliferan métodos, discursos y especializaciones, volver a ellas no es simplificar, sino profundizar.
Por Pepe Dobao
Buber, M. (2003). Yo y tú (C. Díaz, Trad.). Caparrós. (Obra original publicada en 1923)
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PERSPECTIVA GESTALT – ESCUELA DE TERAPIA GESTALT EN BARCELONA